EODLD – Capítulo 8 -Parte 1 Primeros Pasos


Actualidad. Día 2 – Viernes 

Durmió unas cuantas horas con un sueño ligero y poco reparador. La preocupación y el anhelo de resolver aquel caso cuanto antes se habían instalado en su cerebro impidiéndola desconectar y descansar. Había estado agitada y se había despertado con frecuencia. El resultado actual era que casi estaba más cansada que cuando llegó a casa unas cuantas horas antes sin haber pegado ojo en toda la noche y después de haber hecho el turno de la tarde anterior. Intuyó que dormir iba a ser un lujo en los próximos días y se dispuso a tomarse un café bien cargado, aunque en realidad era ya casi la hora de comer.

Le hubiera gustado pasar el día con Derek de manera tranquila, recuperando los días que había estado fuera trabajando en su proyecto. Le hubiera gustado tanto enredarse entre sus brazos y olvidarse de lo que le esperaba ahí fuera que casi sintió ganas de gritar. Pero la obligación golpeaba de forma insistente en su puerta. Los horrores parecían dispuestos a colarse otra vez en su vida, horrores cercanos que ocasionan un dolor profundo y tenebroso fruto, además, de una cruel incertidumbre. 

Había quedado con Pete en comisaría para ponerle al día de lo sucedido. Estaba claro que no iba a ser un fin de semana normal y que tendría que dejar el descanso para otro momento.

Se despidió de Derek con un largo beso y la promesa de regresar pronto a casa y pasar tiempo juntos. Intentaría volver cuanto antes, haría todo lo posible porque fuera así,  aunque no podía decirle una hora concreta. En su trabajo, los horarios no eran nada más que unos indicios orientativos de cuando comenzaba la jornada, pero pocas veces servían para intuir cuando podía darse por finalizada.  

Era una promesa que ambos dudaban que pudiera cumplir, pero ninguno de los dos se atrevió a decirlo en voz alta. 

En lo tocante específicamente con el caso, esta vez no creían que tuvieran ningún problema con el tema de las jurisdicciones con los de la Jefatura de Monterey. Las cosas habían cambiado mucho desde que Ralph Harrison fuera cesado como Jefe de Policía de Carmel-by-the-Sea. Kisha conocía de sobra a Pete, el que había sido su compañero de patrulla en los primeros meses cuando llegó a aquella bonita localidad que inaugura la ruta del Big Sur. Sabía que, por muy diplomático que fuera, no iba a cederles la investigación. No tratándose de uno de los suyos porque, aunque no fuera uno de sus efectivos propiamente dicho, era un familiar directo y eso en su comisaría era sinónimo de ser de la casa. 

No obstante, Pete era muy listo, más de lo que aparentaba su afable manera de ser. Kisha estaba segura de que sería capaz de gestionar con mano izquierda el tema de las jurisdicciones, de tal manera que no se bloqueara la posible ayuda que pudieran necesitar en un momento dado de sus vecinos. Tenía unas habilidades que no dejaban de sorprenderla. Sin duda, iba a ser un gran Jefe de Policía.

Después de que llegara Julius al lugar en el que se encontraban Hilka y Kisha, avisaron a la comisaría para que enviaran una patrulla equipada para poder recoger  posibles evidencias y huellas. La colocación de los objetos parecía dispuesta de manera metódica y organizada, algo que les había llamado la atención. El reloj de muñeca perfectamente alineado junto a la cartera y al otro lado el móvil. Debajo las llaves de casa, las del hospital y las del coche, todo en perfecto orden, como si siguiese un patrón concreto. El jersey se encontraba dispuesto a modo de alfombra sobre todos los objetos personales y, junto a él, se encontraban los zapatos milimétricamente colocados. Tal vez era una distracción para hacer creer que había sido el propio Stephen quien había dispuesto todo así, puesto que era tal maniático del orden y la pulcritud que rozaba el trastorno obsesivo compulsivo, lo que es decir mucho para tratarse de un psiquiatra.

O tal vez había sido realmente él y era su forma de despedirse. Kisha no podía decidir qué alternativa le parecía más horrenda. 

No habían hallado otras huellas en los objetos personales de Stephen que no fueran las suyas propias. En cuanto  a otro tipo de rastros, estando ubicados en la arena de la playa cerca de la orilla, aunque no era un lugar frecuente de paso porque estaba bajo el muelle, sí que había infinidad de restos de todo tipo que no tenían porqué estar conectados con el caso. Kisha cada vez estaba más convencida de que lo que habían visto en la escena del crimen, si es que se trataba de uno, no les iba a servir de gran ayuda.

Interrogaron a las personas que hallaron por la zona y especialmente a los trabajadores de los restaurantes cercanos por si habían visto algo, pero no les sorprendió no recabar información de utilidad, puesto que, o te asomas deliberadamente a esa zona, o desde la parte de arriba del muelle, que es donde está todo el movimiento, no se ve nada, menos aún si ya ha oscurecido. A pesar de que las noches de los jueves solía haber bastante bullicio, no habían logrado dar con ningún testigo que hubiera visto algo sospechoso. 

Con esa escasez de información acudía a reunirse con el nuevo Jefe de Policía, aunque él mismo se había personado la noche anterior en la escena para hacerse una composición de lugar. 

Llamó a la puerta y él la hizo pasar al instante. La mesa del despacho estaba un tanto desordenada, plagada de papeles por todas partes. Él seguía empeñado en que el departamento de policía al frente de cual estaba quedase totalmente limpio después de la corrupción que parecía haber impregnado aquellas paredes los últimos años. Eso le daba un trabajo extra que ni era pagado ni reconocido. Pero le daba igual, estaba empeñado en hacer las cosas bien y en que todos los ciudadanos de la bella Carmel confiase al cien por cien en la Policía Local. Así que estaba  llevando a cabo la ímproba tarea de revisar todo el papeleo de los últimos diez años. La localidad era más bien pequeña, no así el papeleo que se había generado.

A Kisha no se le escapó que Pete tampoco parecía haber dormido demasiado. Las bolsas que se habían formado debajo de sus ojos hablaban alto y claro de varios días con saldo a deber en la columna destinada al sueño. 

  • Necesito que me pongas al día, Kisha. Cuéntame todo lo que sabes y todo lo que piensas. No te quedes nada en el tintero. Te ruego que no me mantengas al margen de tus teorías, por locas que me puedan parecer. Esta vez no, por favor.
  • De acuerdo. 
  • ¿Crees que se ha suicidado?
  • No.
  • Entonces crees que le han secuestrado. 
  • O asesinado, aunque espero equivocarme. 
  • Pero no hay cuerpo. 
  • Tampoco han pedido un rescate.
  • Entonces, ¿qué es lo que crees?
  • Sinceramente no lo sé, Pete. 
  • ¡Maldita sea!

Los primeros instantes de una investigación siempre son momentos de abrir la mente para intentar ver cualquier indicio que aparezca por pequeño que sea porque te puede conducir hacia el camino adecuado. Esos primeros instantes la duda lo puebla todo, el desconocimiento es absoluto y el investigador da sus primeros pasos como quien anda a oscuras en un lugar ajeno. 

Cualquier policía sabe eso y afronta un escenario del crimen con relativa calma, salvo cuando estos son tan violentos y sangrientos que ponen a prueba hasta los estómagos más experimentados. 

El problema viene cuando el implicado es alguien cercano. Entonces las emociones empiezan a nublarlo todo, la amígdala toma el control de las decisiones y éstas pueden ser erróneas e, incluso, precipitadas. Dejarse dominar por esa pequeña parte de nuestro cerebro animal con forma de almendra era algo que no podían permitirse. La forense necesitaba que dieran lo mejor de ellos mismos para localizar a su marido.

Confiaba en sus compañeros.

No la podían fallar.

Pete se había convertido en el Jefe de Policía de Carmel después de que el anterior hubiera tenido que ser destituido por la mala gestión que había llevado a cabo en la oleada de agresiones sexuales y asesinatos que se produjeron en la zona unos meses atrás. En aquella ocasión, encarceló de manera precipitada a Derek, quien había estado colaborando desinteresadamente en la resolución del caso, a pesar de contar únicamente con pruebas circunstanciales que en ningún caso le apuntaban como posible homicida. Lo más sólido que tenían era la confusa declaración de la única superviviente. No obstante, tenía contra el fotógrafo un tema personal desde hacía un tiempo y aprovechó la ocasión para vengarse. El escándalo sirvió además para sacar a la luz algunos trapicheos de Ralph Harrison, el anterior comisario, y todo junto acabó con su carrera. 

Ahora estaban ante la oportunidad de marcar la diferencia y hacer las cosas bien.

  • Esto es una pesadilla, Kisha. Encima con uno de los nuestros con una relación directa con el desaparecido. No podemos fallar, perdona que te lo diga.
  • Lo sé. Creo que estamos todos tan afectados como tú, Pete. Yo no me lo podía creer. Intenté pensar en una razón lógica, en algún tipo de explicación sencilla, pero no la he encontrado. La situación entre ellos, según me ha contado Hilka, estaba bien. No ha habido discusiones recientes. De hecho, no son un matrimonio que suela discutir. Hablan mucho, confían plenamente el uno en el otro y bla bla bla. La puñetera pareja perfecta, vamos. Puede que no todo sea tan idílico, pero no hay motivos para pensar que había una crisis en la relación, salvo que durante la investigación descubra a alguna posible amante o cualquier otro secreto. En todo caso, aún no lo sé porque no he tenido tiempo de escudriñar su círculo personal ni profesional. 
  • ¿Qué más?
  • No parece que estuviera deprimido, todo según la información de Hilka, y ella está convencida de que no se ha suicidado. 
  • ¿Y tú que crees?
  • No le conozco demasiado, pero no tenía pinta de estar pasando una mala racha ni nada por el estilo. Le va bien a nivel personal y profesional, pero con los suicidas nunca se sabe. En cualquier caso, no hay nota de suicidio ni despedida. Únicamente hay un mensaje de móvil pidiéndole a Hilka que le recoja en el hospital porque el coche le ha dejado tirado y otro mensaje posteriormente con la localización de sus objetos personales. No obstante, al coche no le pasa nada. Funciona perfectamente según han podido determinar los técnicos después de analizarlo en profundidad. Parece una puta broma de mal gusto, que quieres que te diga.
  • ¿Entonces?
  • Voy a investigar a sus pacientes. Es un psiquiatra de larga trayectoria y no es una especialidad fácil. Buscaré a familiares descontentos, amenazas o cualquier cosa que pueda suponer un mínimo indicio. Empezaremos por los expedientes más recientes e iremos ampliando el marco temporal poco a poco según sea necesario. 
  • ¿Tú que crees, Kisha? Sé que eres intuitiva y que tienes una especie de sexto sentido, así que quiero saber tu opinión sincera.
  • No tengo ni idea, Pete. Esa es la única verdad.
  • Una cosa más…
  • Tú dirás.

La inspectora le miró expectante. Parecía que al comisario se le había atascado algo en la garganta que no sabía como escupir. Supuso que lo que iba a decirle tendría un tinte más personal. 

  • No he hablado con Derek a solas desde lo que pasó en junio. ¿Podrías decirle que me gustaría que pasara por aquí a verme cualquier día? Sé que había iniciado tiempo atrás un proyecto para una exposición relacionado con el trabajo policial hasta que Harrison le vetó. Me gustaría que sepa que puede continuarlo cuando quiera. Y, bueno, también me gustaría disculparme por todo aquel desastre. 
  • Se lo diré, pero no puedo prometerte nada. Sabes que no es una persona rencorosa, pero le quedaron pocas ganas de volver por aquí. 
  • Lo entiendo. Supongo que a cualquiera nos habría pasado lo mismo. Pero ya sabes que le tengo mucho aprecio a nivel personal y detesto como han quedado las cosas.
  • Haré lo que pueda, Pete.

CONTINUARÁ…

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