
Pues sí. Los escritores mentimos como bellacos. No creo que eso sorprenda a nadie. Nos ganamos la vida contando historias inventadas, creando mundos y personajes, envolviendo al lector con novelas que tienen poca o nula conexión con la realidad. ¿Acaso no somos mentirosos profesionales?
Y hay una mentira que, a veces, se repite más de lo que debiéramos. Cuando nos preguntan, ¿qué estás escribiendo ahora?, nos parece mucho más elegante decir que estamos investigando para nuestra nueva novela que reconocer simple y llanamente que estamos procastinando. Pero es que, claro, queda mucho más cool el rollo ese de investigar para tu libro que confesar que últimamente vagueas más de lo debido y que no encuentras el tiempo para sentarte a escribir porque se te ocurren otras opciones y planes mejores en esos momentos.
Solemos mitificar a ciertos personajes y les atribuimos un halo de misterio que pocas veces se cumplen. Supongo que muchos en algún momento habremos pensado cómo será escribir un libro y en nuestra imaginación hemos elaborado una imagen de alguien muy interesante sentado a una mesa de escritorio llena de papeles y documentos que le sirven para dar forma a su novela. La habitación está en semipenumbra, con un flexo que ilumina a duras penas la máquina de escribir o el ordenador, según la versión de cada uno, y la escritora o el escritor de turno tiene una expresión de concentración máxima.
Suponemos que pasan horas así, cual ratones de biblioteca, y casi podemos ver cómo los engranajes de sus cerebros se mueven para crear las palabras que conformaran esa frase perfecta que te dejará en vilo por más tiempo del recomendable para tu salud.
Tampoco voy a decir yo que no sea así en el caso de otros, pero desde luego voy a confesar que ese no es el mío. Normalmente en mi mesa hay un iPad con un teclado o un ordenador «mondo y lirondo» y nada más, salvo si acaso el móvil (que solo sirve para distraerme) y alguna libreta por si se me ocurre apuntar algo en ella para que no se me olvide después. No obstante, a veces me lo anoto en una página del final del propio documento, así que puedes deducir de todo esto que yo soy una escritora que desde luego no cumple el prototipo de autora intelectual y mucho menos mística en ningún sentido.
¿Y a qué viene todo esto? Pues al hecho llano y simple de que este año he practicado la procrastinación más que nunca en mi vida. Y ni tan mal, oye. He encontrado tiempo para muchas cosas, pero no para escribir, algo que no me había pasado hasta ahora. Tampoco es que yo sea de las que habla mucho de lo que investiga, puesto que confieso que no dedico horas y horas antes de empezar una novela, sino que comienzo a escribir y busco la información según surge la necesidad. Ya te he dicho que yo no soy una escritora glamurosa e interesante, sino alguien del montón que hace lo que puede a su particular manera.
Y hasta aquí hemos llegado por hoy.
Lo curioso de esta entrada en este preciso instante es que justo he retomado en los últimos días el hábito de escribir, aunque no sé cuánto me va a durar la racha.
Seguiré confesando en próximas entradas.
O tal vez no.
Ya veremos lo que surge y lo que nos depara la vida…

Deja un comentario