LA JAULA


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La jaula en la que viví durante tantos años no era una jaula normal. No estaba hecha de hierro, aunque era gobernada con puños de acero. Tampoco tenía una estructura clara y definida, pues a veces parecía tener formas blandas y sinuosas y otras, por el contrario, parecía que sus formas eran rectas, firmes y rígidas, agresivas y dolientes. Tal vez sea porque los límites siempre fueron difusos: lo que un día estaba bien, al siguiente se convertía en una ofensa imperdonable que debía ser castigada de forma cruel. Traspasar aquel límite desconocido, ignoto, acarreaba terribles consecuencias, incluso aunque no tuvieras ni la menor noción de haberlo hecho. 

         Los barrotes eran invisibles, pero no por ello intangibles, pues yo sentía que los podía agarrar. Cerraba mis ojos para evadirme y, en lugar de conseguir abandonar mi yo físico, los percibía con total claridad. Eran fríos, heladores. Sentías que te congelaban el alma y, al mismo tiempo, te abrasaban la piel. Era una especie de jaula al aire libre en la que no podías respirar. Era una cárcel de suspiros, de llantos ahogados, de gritos reprimidos, de un corazón desgarrado.

         Lo peor de todo es que yo entré en ella de forma voluntaria. Honestamente debo decir que no sabía que lo era porque más bien parecía un palacio. Al principio, todo era tan bonito que se asemejaba a un cuento de hadas. Claro, ahora que echo la vista atrás, me doy cuenta de que ese fue mi primer error: creer que existía el príncipe azul. 

         El palacio se fue transformando poco a poco, de manera casi imperceptible, en un infierno muy real y el príncipe azul se tornó en un carcelero iracundo de régimen estricto y dictatorial que no me permitía la menor licencia. Nunca llegué a entender qué había hecho mal. ¿Es que acaso merecía que me tratara como si fuera un despojo humano, un trozo de carne sin sentimientos?

         No merece la pena que siga pensando en ello. Sólo quiero que sirva para otras mujeres que, como yo, sólo buscan ser felices, sin más pretensiones. Tal vez si me hubiera querido y valorado más a mí misma, si no hubiera antepuesto los sentimientos de los demás a los míos propios, tal vez si la vergüenza y el miedo no se hubieran apoderado de mí, ahora sería otra la historia que estaría contando. 

         La gente lloró cuando descubrió lo que me había pasado. No se creían lo que había sucedido. Un desenlace trágico. Pero no sabían que lo que para ellos era una tragedia para mí fue una liberación. Mi cuerpo ya nunca lo padecerá más y mi alma por fin se ha liberado. Ahora por fin lo tengo todo. Libertad. Calma. Paz. Sólo perdí la vida. 

Ariel Zorion

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