EODLD – Capítulo 7 -Parte 1 Pacientes 1 y 2


Veinte años antes…

La muerte de por sí es difícil de digerir. Es un momento de soledad y miedo. Es un paso inevitable hacia un lugar desconocido del que no hay retorno. El sol se entierra bajo el mar en un ocaso indefinido y la negrura te devora dejando tras de sí un rastro de destellos de vida que pronto serán olvidados. 

Un adulto va preparándose para ese momento que siempre está al acecho y, aún así, resulta indigesto y casi antinatural. Un niño es incapaz de entender su significado en toda su extensión, a pesar de que aparentemente siga hacia adelante como si nada hubiera cambiado. Y Arthur a sus once años había cogido el cuchillo de cortar el pan, que tenía sierra y estaba bien afilado, había esperado a que su padre se sentase en el sillón frente al televisor, se había acercado con sigilo hasta él y le había degollado mientras su madre permanecía en el suelo inmóvil y semi inconsciente observando lo que sucedía frente a sus atónitos ojos. 

Stephen conoció el caso por casualidad. Se alinearon los astros, como suele decirse. Son de esas cosas que pasan en un momento de la vida sin un motivo concreto, fruto tal vez del azar, quién sabe, y que arrastran sus consecuencias hasta muchos años después, como un ser mitológico de grandes tentáculos que no cesan de ramificarse. Tal y como sucede con un árbol del que solo vemos lo que sale a la superficie, sin ser capaces siquiera de sospechar las profundas raíces que crecen en la capa interna de la tierra y que se extienden sin control. O como un viento del Norte que arrastra hasta confines lejanos los objetos más insospechados. 

El efecto mariposa.

La teoría del caos.

Avisaron a urgencias cuando él estaba haciendo su turno en la ambulancia. Y ya está. Se desencadenaron reacciones imprevistas. Ese aviso que entró en aquel momento exacto fue el hecho casual, aleatorio y caprichoso, aunque dentro de una lógica probabilidad por el trabajo que desempeñaba. Si trabajas como médico en una ambulancia, los avisos van a llegar. Ahí no hay sorpresa alguna. Lo que ya no es tan habitual es que tengas que atender casos de fuera de tu zona de influencia asignada. Eso sucede un día de cada cien, quizás.

En es uno a cien, su vida se entrecruzó con la de aquel niño perdido.

Sus destinos, también.

Y todo podía haber quedado ahí. Un encuentro casual. dos tangentes que se cruzan. Sin embargo, fue su elección personal implicarse y convertirse en el psiquiatra que tratara tanto a la madre como al hijo. Fue una decisión plenamente consciente que conllevaría efectos difíciles de imaginar para todos los implicados. 

Debido a que había entrado a trabajar en el prestigioso Instituto de Investigaciones Mentales de Palo Alto, logró un doble objetivo. Por un lado, quería ser el terapeuta de ambos, puesto que se había encariñado de Arthur en cierta medida y comprendía que era necesario también tratar a la madre para conocer todo el contexto. Al estar avalado por semejante institución, no le costó conseguir que le asignaran esos pacientes cuando lo negoció con la Fiscalía de Menores y los Servicios Sociales de la zona. Además, era una terapia que realizaría pro bono, así que nadie tendría que pagar por ella salvo los de Palo Alto, que obtendrían otro tipo de beneficio. 

Por otro lado, quería hacer una investigación longitudinal sobre la evolución de los sujetos que han cometido delitos violentos en la infancia o la adolescencia en función de la intervención psiquiátrica y psicológica que siguieran en los años posteriores. Arthur sería su sujeto número uno. La madre sería parte de la investigación, en cuanto a la influencia ejercida en su hijo y como fuente principal de información sobre los acontecimientos que habían desencadenado aquella tragedia. En cierto sentido, sería su sujeto número dos hasta que empezase a recopilar otros casos pertenecientes al Norte de California, específicamente el área territorial en torno a San Francisco. 

Aquella investigación fue una de las que le encumbraría como uno de los psiquiatras más prestigiosos de la costa Oeste. Le abrió un mundo de posibilidades en su profesión, incluida la de convertirse en el jefe psiquiatría del Hospital Standford a una temprana edad para lo que solía ser habitual.

Cuando la madre se recuperó lo suficiente físicamente, empezó la terapia con ella en las instalaciones de Palo Alto,  las cuales estaban a unos cincuenta minutos de San Martín, donde residía la familia, aunque no estaban demasiado lejos de la institución en la que habían encerrado al crío en Santa Clara. De esta forma, la madre únicamente tendría que pagarse el desplazamiento hasta el Mental Research Institute puesto que la terapia sería gratuita, lo que era un buen trato para ella teniendo en cuenta a cuánto podía ascender la sesión con un psiquiatra por aquella época. 

Las sesiones con Arthur las llevaría a cabo en el centro de internamiento en el que había sido recluido. No había otra opción. En eso el juez se había mostrado inflexible, aunque más adelante le convencerían desde Palo Alto para trasladarle en algunos momentos que tuvieron que hacerle pruebas de tipo clínico.

Stephen era un médico joven y tal vez inexperto, pero era brillante. No le costaba demasiado llegar hasta sus pacientes, puesto que tenía unos modales exquisitos y tenía una mirada límpida. Sus ojos de un castaño claro transmitían una honestidad a la que era difícil resistirse cuando él insistía en que su único objetivo era ayudarte. Le creías con los ojos cerrados y te dejabas caer en sus brazos como en un ejercicio de confianza ciega. 

Ya por aquella época llevaba unas gafas de pasta que le daban ese aspecto de chico responsable y de fiar. Su forma de vestir, además, era bastante convencional y formal. Por otra parte, llevaba el pelo siempre bien cortado y una barba poco poblada y perfectamente arreglada. Su pelo era del color de un tronco de cedro bañado por el sol, de una tonalidad muy similar a la de sus ojos. 

Por otra parte, su forma de hablar era serena y tenía un tono de voz melódico y armonioso que bañaba los oídos de quien le escuchaba. 

Tenía ese tipo de ingredientes adicionales que, no siendo requisitos imprescindibles, resultan coadyuvantes para lograr los objetivos que se proponía con sus pacientes.

Era plenamente consciente de que la madre de aquel joven había sido víctima de malos tratos. Podía tener miedo de hablar con un hombre acerca de sus problemas, debido a la relación patológica con su marido. Stephen sabía que debía tener mucho tacto con ella y ganarse poco a poco su confianza para lograr que se sintiera cómoda en su compañía. Si no conseguía que colaborase, tendría que ceder a la propuesta inicial que le habían hecho desde los Servicios Sociales para que interviniese con ella la psicóloga del Centro de la Mujer. Pero no iba a darse por vencido. Estaba seguro de que podría acceder a ella y vencer sus resistencias.

Lo que no imaginaba era hasta qué punto lo lograría.

  • Katerina, antes de comenzar quiero avisarte de que voy a grabar las sesiones. Necesito tu consentimiento para ello. 
  • Por supuesto – respondió sumisa. Apenas se atrevía a mirarle a los ojos.
  • Estupendo. Te lo agradezco. Te aseguro que no lo haría si no fuera plenamente necesario, pero eso me ayuda a poder ofrecerte un tratamiento más completo y ajustado a tus necesidades, puesto que podré revisar nuestras sesiones. Comencemos entonces.

En aquella primera sesión, únicamente inició un acercamiento a su paciente. Le preguntó por cosas sencillas de fácil respuesta que no implicasen revelar ninguna intimidad. Se preocupó por sus estado de salud, así como por si le suponía excesivas molestias acercarse hasta Palo Alto. Hablaron de cosas livianas, le preguntó por sus aficiones y le sorprendió que fuera ella quien, en sucesivas sesiones, diera el paso de abrirse y contarle las pesadillas que poblaban su pasado.

Se abrió la tapa de los truenos y sus ecos resonarían en su memoria durante años.


CONTINUARÁ…

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