SINFONÍA DESAFINADA


Photo by Farzad Sedaghat on Pexels.com

Mi casa, mi hogar, mi prisión, mi nada. Me asomé a un abismo al que me daba miedo mirar porque si me caía, temía que ya no podría salir de allí. La caída sería, no sólo dura, sino también duradera. Ya lo decía Nietszche: “Si miras mucho el abismo, el abismo acabará por mirarte a ti”. Y yo no quería que me mirase y tampoco quería ver. Tal vez por eso mantenía los ojos cerrados, buscando esperanza, embriagándome de posibles improbables. La  desazón llegó a ser de tal magnitud, que me daban ganas de golpear las paredes, tratar de derribar los muros que me mantenían cautiva y escapar de esa nueva realidad que parecía salida de la ficción. Quería perder la consciencia y despertarme varios meses después, cuando la pesadilla hubiera terminado. Anhelaba, de verdad, perderla y olvidarme de tanto dolor. Pasar a otro plano, a otro estado, ni despierta ni dormida, a una forma de estar en la que no sintiese nada. Desfallecer hasta desconectar. Y maldije cien veces a mi mente por resistirse, por empeñarse en seguir luchando cuando sería tan fácil apagarse. 

Los días anodinos y vacíos de objetivos se sucedían como en una sinfonía desafinada, porque el director de orquesta se ha puesto en huelga y los músicos ya no saben por donde seguir. No hay partitura. No hay melodía. El metrónomo se ha roto. Todo lo que queda es un caos que lo devora todo con una crueldad inaudita sin ritmo ni tino. 

Resultaba agotador. La falta de aire puro no viciado por mis desaliento, hacía que el dolor de cabeza fuera el saludo de buenos días de cada mañana, resultado de noches y más noches de sueño esquivo y mal dormir. Como un leve martilleo que no te abandona, como un grifo que gotea y da lo mismo lo que trates de apretarlo porque ya se ha pasado de rosca. Al final, cae otra gota y luego otra y otra… Mi cama era ahora un lugar de tortura, una mazmorra hecha de muelles y viscoelástico. 

Fuera de esas cuatro paredes decían que había una pandemia extendiéndose por cada rincón del planeta, vaciando las calles, llenándolas de silencio mientras mi mente se llenaba de ruido y confusión como un auténtico pandemonio. 

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