Incógnitas


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Nada más abrir los ojos me doy cuenta de que hoy todo es diferente. Puedo moverlos, dirigir la mirada a un lugar y a otro. Puedo ver, pero no hay nada. Una sala vacía, aséptica. Las paredes son anodinas, de un color blanco desgastado por el tiempo. El techo está lleno de pequeñas grietas, como si estuviera cansado de soportar un peso que no desea. 

No recuerdo nada. Noto un sudor frío que me recorre la espalda. Intento hablar pero me es imposible. Trato de moverme. La mano derecha. Nada. Intento girar el cuello para ampliar mi campo de visión. Imposible. Mi cuerpo está paralizado. El terror me invade de la cabeza a los pies, siento su onda expansiva llenando de metralla cada rincón de mi cuerpo. Soy como una olla a presión que necesita desahogarse o explotará. Pero no hay reacción alguna, salvo la de mis lágrimas que salen de manera torrencial al exterior.

Mi cuerpo se ha convertido en mi jaula.

Soy incapaz de recordar que me ha traído a esta situación. Todo había sido aquella mañana como cualquier otro día, salvo aquella fuerte discusión con el tipo que se coló en el supermercado. Salí echando fuego por la boca porque aquel impresentable se puso tan violento que daba pánico. Y entonces… Ni siquiera sé si llegué hasta el coche. 

Sólo  recuerdo el portón de una furgoneta que se abría y que algo me arrastraba a su interior. 

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