El Ocaso De Los Días – Capítulo 2 parte 2


No pasó nada extraordinario. 

No le dio motivos. 

No hubo un detonante. 

No hubo ni la más mínima provocación. 

No hubo absolutamente nada que justificara aquella furia simiesca.

Lo de aquel hombre era una violencia gratuita, era un deseo insano de pisotear a su esposa por cualquier nimiedad. No había motivos ni reales ni ficticios que provocaran que se desatara la furia de aquel hombre que, en aquellas situaciones, parecía un animal salvaje. 

Se desataba, sin más. 

Podía ser el más mínimo e insignificante detalle, algo imperceptible para cualquiera. Pero Mathew Hamilton no era cualquiera, sino un psicópata de manual que volcaba en su mujer la ira reprimida en su trabajo durante la jornada. Así que no necesitaba motivos. Él los buscaba. Y entonces comenzaba la lluvia de golpes, como un nubarrón negro que contiene una tormenta eléctrica que se descarga con rabia. 

No obstante, sabía demasiado bien lo que hacía. Nunca jamás cometía el fallo de golpear a su mujer en la cara, un lugar en el que fácilmente cualquier vecino cotilla pudiera darse cuenta de lo que pasaba en aquella casa o llamase la atención de la cajera en el supermercado. Él le propinaba los golpes en lugares del cuerpo que siempre estaban escondidos  bajo la ropa. 

Aquella noche, Katerina no lo vio venir. No fue siquiera capaz de adivinar qué había desencadenado tal violencia en su marido. Si se llegaba a enterar de lo que le había dicho la tutora en la escuela, estaba segura de que no viviría para contarlo. Por eso le había insistido tanto a su hijo en que debía permanecer callado si le preguntaba su profesora. Sin embargo, era consciente de que era un niño muy pequeño aún, pues sólo tenía seis años, y le estaba pidiendo demasiado. 

Aquella noche, además, se inició un nuevo capítulo de violencia en aquella casa porque aquella noche Matt, el padre de Arthur, decidió que ya era hora de que su hijo aprendiera como un hombre debía tratar a las mujeres para que le respetaran. Ante el horror de aquella pobre mujer, presenció y sintió en sus propias carnes como aquel sádico obligaba a su hijo a pegar a su propia madre. Debía elegir: o la pegaba a ella o sería él quien recibiera la paliza. 

Arthur ya arrastraba cicatrices internas por la violencia que presenciaba casi a diario en su casa. Su infancia nunca había sido normal. Su día a día estaba poblado de agresiones físicas y verbales, de represión, de miedo y de emociones tóxicas que le habían ido envenenando su mente infantil. Pero aquella noche, se desgarró algo en su interior y se abrió una brecha que le separó para siempre de la realidad. 

Aquella noche, además, volvió a empezar a hacerse pis en la cama.


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