INTERCONECTADOS 3


Capítulo 3

INTERCONECTADOS

De pronto, saltó un mensaje en su pantalla. ¡Increíble! Había un hombre interesado en contactar con ella. ¡Guau! Y según la foto de su perfil, era increíblemente atractivo. Aunque, tal vez, había usado la misma estratagema que ella y nada de lo que aparecía ante su pantalla era verdad. ¿Y qué le importaba eso? No hacía falta que se vieran. Dicen que de ilusión también se vive, así que no había motivos para romper el encanto. 

Antes de que su mente siguiera divagando hasta perderse en las arenas movedizas de la imaginación, decidió que leería el mensaje que le había dejado. Quería que hablaran y se conocieran por el chat, pero no descartaba verse algún día. “¿A qué hora te viene bien que conectemos?”, le preguntaba el atractivo desconocido. “Para ti, tengo disponible todo el tiempo. Estoy deseando conocerte. No puedo esperar”. Increíble. Lo tenía comiendo de su mano. 

De pronto, su ordenador pareció volverse loco. No paraban de saltar múltiples mensajes procedentes de las diferentes redes: Ray Loco y tú ahora sois amigos; Rubén Sánchez ha escrito en tu muro; @lovers te está siguiendo ahora… Incluso había invitaciones a eventos y solicitudes de amistad. ¿Cómo había podido estar tanto tiempo perdiéndose una vida tan emocionante? Compulsivamente se puso a contestar a todos aquellos que se habían puesto en contacto. Les mandaba stickers y emoticonos de todo tipo. Seguía las conversaciones y se hacía la interesante para mantenerlos enganchados. ¿Serían todos unos solitarios como ella? Quizás lo fueran. Un montón de solitarios que, navegando en el inabarcable océano de internet, lograban salir a flote y encontraban una escapatoria a su soledad. 

Ni siquiera se había dado cuenta de que ya eran altas horas de la madrugada. Y al día siguiente tendría que levantarse temprano para ir a trabajar. ¿O tal vez no? Siempre había sido puntual. Rara vez había faltado a su trabajo, pues era tremendamente responsable y, únicamente cuando se encontraba realmente mal y la enfermedad de turno no le permitía siquiera salir de la cama, había faltado. Solía acudir rigurosamente a su puesto de trabajo, casi sin excepción. ¿Quién iba a sospechar que era mentira si llamaba para decir que estaba enferma? Lo peor de todo era que, en realidad, sin que ella lo supiera, estaba empezando a enfermar de verdad.

¿Qué les diría? ¿Qué excusa pondría? Tendría que ser algo que resultara creíble y que no fuera una mentira de esas en las que acabas enredado y no sabes por dónde salir. Muy bien. Algo sencillo, entonces. Tal vez una indigestión. Eso era algo común y relativamente frecuente. Para ser totalmente honestos, no era una mentira al cien por cien porque lo que le estaba resultando indigesto era internet y su amplio abanico de posibilidades, su menú inagotable de oportunidades para conocer gente de cualquier rincón del mundo. Tenía un empacho de autoestima, pues nunca había probado este exquisito manjar que a otros acompaña casi desde la cuna.

Finalmente, ni siquiera llegó a dormir en toda la noche. Se le ocurrió que era más fácil mantenerse despierta que intentar levantarse cuando sonara el despertador, lo que sucedería un par de horas después. Su ritual de interacciones compulsivas, algunas incluso en cierta medida arriesgadas, continuó sin descanso. Estaba fuera de sí. Ni siquiera había percibido que tenía las piernas ligeramente entumecidas por la falta de movimiento, hasta que se levantó para prepararse un café solo y bien cargado. Mientras la cafetera hacía su labor, llamó a la oficina. Tenía que poner voz de enferma. Ojalá no respondiera Lucía porque no la soportaba. Siempre tan segura de sí misma, con su pelo perfectamente peinado, su intenso maquillaje que disimulaba cualquier atisbo de imperfección en su rostro, sus minifaldas y sus tacones imposibles. 

Sonaron dos tonos y al tercero contestó Silvia. ¡Menos mal! Sintió un gran alivio. Seguro que Lucía le habría regalado algún comentario inoportuno y desagradable. Sin embargo, Silvia siempre había sido muy amable con ella. No se podía decir que fueran amigas, aunque sí la consideraba una buena compañera. La ayudaba en todo lo que podía y siempre se acercaba a invitarla a hacer un descanso cuando varias habían quedado para tomar un café en la sala de descanso. A pesar de ello, pocas veces había acudido porque, le daba tanta vergüenza, que sentía que le flaqueaban las piernas. Así que, la mayor parte de las ocasiones, se ahorraba el mal trago y hacía el descanso sola.

– ¡Cuánto lamento oír que estás enferma! –le respondió Silvia-. No te preocupes por nada, sólo cuídate, ¿vale? Seguro que mañana estás como una rosa. Mi hermana estuvo así la semana pasada y la doctora le dijo que había un virus que dura veinticuatro horas y que ataca principalmente al estómago. Puede que sea lo mismo. Bueno, en cualquier caso, espero que te sientas mejor muy pronto.

CONTINUARÁ…

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Gracias por tus minutos de lectura

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