EL OCASO DE LOS DÍAS CAPÍTULO 1


Sin rastro

Parte 1

La noche era bastante oscura. En el cielo había una luna pesada y sin fuerza que no parecía dispuesta a contribuir  con su luz a aclarar lo que fuera que hubiese pasado. Kisha se dirigía lo más rápido que podía hacia la localización que le había enviado Hilka por teléfono. Era otoño y a aquellas horas de la noche había poco tráfico. Aún así, el trayecto se le antojaba eterno. Es lo que tienen las urgencias, te envuelven en un vórtice irreal que hace que la distancia nunca parezca acortarse, sino todo lo contrario. Confiaba en que la linterna que tenía en el coche funcionase perfectamente, si no, no le quedaría otro remedio que utilizar la del móvil. 

Su amiga no le había dado demasiada información, sólo le había dicho que algo pasaba con Stephen y que necesitaba su ayuda. 

Nada más. 

Y nada menos.

Proviniendo de una persona como la forense, estoica como pocas y tan poco dada a pedir ayuda, tan renuente a mostrarse emocional o denotar la más mínima inseguridad, aquello equivalía a un auténtico grito de socorro. 

Algo pasa con Stephen”.

Podría ser cualquier cosa.

Estuvo tentada de pedirle a Julius que la acompañara. Al fin y al cabo, se había convertido en su inseparable compañero de patrulla. Si había sucedido algo preocupante en realidad, no le vendría mal tenerle a su lado. En los pocos meses que llevaban trabajando juntos después de que su antiguo compañero, Peter Smith, se convirtiera en el nuevo Jefe de Policía de Carmel, había podido darse cuenta del potencial que tenía como investigador. 

Sin embargo, tal vez se tratase de una falsa alarma o incluso fuera algún tema personal entre Hilka y su marido que no quisiera que supiera nadie más. Convenía ser prudentes hasta saber más. No obstante, habría que esperar hasta llegar al lugar para tomar una decisión en consecuencia. Su cabeza no podía parar de anticipar distintos escenarios, a pesar de que sabía que era una energía desperdiciada inútilmente.

En cuanto se dio cuenta de que ya no podía ir más allá con el coche, aparcó lo más cerca que pudo del punto que señalaba el GPS. Cuando se bajó, se dirigió a pie a localización que le había enviado por el móvil, la cual la llevaba hacia un lugar muy concreto en el Old Fisherman Wharf, es decir, en el embarcadero de Monterey, la típica zona de ocio de la localidad y los alrededores. No obstante, no era un lugar de paso habitual, sino que se encontraba bajo el muelle, a la altura de la conocida The General Wharf’s Store. Ahí abajo apenas podía ver nada, hasta que divisó a su amiga junto al agua. Esa era sin duda una señal de alarma.

No parecía haber ni rastro de su marido. Segunda señal.

“Algo ha pasado con Stephen”.

Tragó saliva y trató de detener un tren de pensamientos  que la llevaba a los peores escenarios que poco antes ya se había encargado de imaginar su cerebro, un tren que podía descarrilar en cualquier instante. Gajes del oficio.

Hilka estaba allí, de pie, tiritando tal vez por el frío o, tal vez, por algo más. Se abrazaba tratando de proporcionarse un consuelo que sin duda le era esquivo. En cuanto la inspectora estuvo lo suficientemente cerca, se percató de que su amiga tenía la mirada perdida.

  • Hilka, ya estoy aquí -dijo según iba acercándose para que la forense tuviera constancia de su llegada. Trataba de sacarla del trance en el que se hallaba.
  • Kisha, menos mal que has llegado. No he querido tocar nada. Te he llamado en cuanto lo he visto.

Junto a ella había amontonados cuidadosamente distintos objetos, entre los que le pareció distinguir un móvil, una cartera y un juego de llaves, aparte de un jersey cuidadosamente doblado y un par de zapatos de caballero.

  • Para, para. Explícame qué ha pasado. Desde el principio. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Y por qué?
  • He recibido un mensaje de Stephen esta tarde. Me decía que le fuera a buscar al hospital a última hora porque el coche no le arrancaba. Le he llamado para que me contase algo más, pero no ha cogido el teléfono. Entonces he ido al hospital a buscarle a la hora que más o menos imaginaba que saldría, pero me han dicho que allí no le habían visto en todo el día. Sin embargo, su coche estaba en el aparcamiento. Poco después he recibido un mensaje desde su móvil con esta localización. Cuando he llegado, he visto sus cosas en la arena. No he tocado nada pero me he quedado aquí custodiándolas. No me he movido para asegurarme de que no se las llevase el agua. Luego te he llamado y ya está. No sé nada más. No entiendo nada. 

Para una mente brillante y analítica como aquella, reconocer que no entendía nada ya era demasiado.

  • Vale, tranquila. Voy a pedir una patrulla. Tenemos que recoger las pruebas, ¿vale? Iremos poco a poco.
  • Kisha, ¿crees que le ha sucedido algo?

La inspectora no sabía contestar. Su intuición le decía que obviamente la situación era grave y tenía mala pinta. Pero no sabía si ser totalmente sincera ayudaría en aquel momento. 

  • No tardaremos en averiguarlo. Seguro que hay una explicación sencilla. Trata de tranquilizarte.

Se sintió fatal hablando de una manera tan ambigua, como un político tratando de ocultar la verdad en un discurso vacío y monocorde. Recordaba como se había sentido ella cuando unos meses antes temió que le hubiera pasado algo a Derek. Al rememorar aquello, podía volver a sentir el miedo recorriendo cada átomo de su cuerpo e instalándose en su interior, llenándola de zozobra hasta que había llegado a la casa y había comprobado que él estaba bien. Aunque lo que vino días después fue un auténtico calvario, la sensación de alivio en aquel preciso momento había sido indescriptible. Imaginar que has perdido a la persona que quieres, visualizar los horrores que pueden habérsele infligido a manos de un asesino en serie que había aterrorizado a todo el estado, había sido  algo de lo que había tardado en recuperarse.

Llamó por teléfono a Julius para que se acercara a Monterey y para que pidiese a una patrulla que llevase lo necesario para recoger muestras. 

Y le pidió algo más.

  • Mientras llegan, tengo que hacerte unas preguntas, ¿vale?

Otra vez la sensación de ese vórtice que da vueltas y vueltas sin avanzar. Sabía que hasta que llegasen los compañeros, la espera parecería eterna.

  • Claro. Ya lo sé.
  • ¿Has notado algún cambio últimamente en Stephen?
  • No, nada.
  • Cambios de humor, estaba más irascible de lo normal…
  • No, nada -repitió.
  • ¿Sabes si ha tenido algún problema en el hospital?
  • No que yo sepa.
  • Algún paciente con el que las cosas no hubieran ido bien, alguna queja…
  • No lo creo. Estoy segura de que si fuera así, me lo habría contado.
  • Vale, pero aún así quiero que pienses en ello con detenimiento. No justo ahora, que probablemente la preocupación no te deja pensar con total claridad. Pero necesito que hagas memoria, por si acaso. Puede que hiciera algún comentario en un momento que parecía irrelevante y, sin embargo, puede ser una pista. No tiene que haber sido necesariamente en los últimos días. Remóntate el tiempo que haga falta.
  • Vale. Lo haré, aunque espero que no sea necesario.
  • Y yo.

Se miraron por unos segundos. Unos instantes incómodos en los que nadie sabe qué más añadir porque no existen las palabras exactas para esa situación. Hilka desvió la mirada casi de forma inmediata y se abrazó otra vez su propio cuerpo mirando hacia el horizonte, un gesto que indicaba su desvalimiento. 

Kisha estudiaba la reacción de su amiga, cada uno de sus gestos, su lenguaje corporal que podía delatar algo que estuviera escondiendo, deliberadamente o no. A veces, tratamos de ocultar algunas cosas que nos avergüenzan o creemos que pueden dañar nuestra reputación. Nos parapetamos tras barreras invisibles que levantamos mirando hacia otro lado, colocándonos un mechón detrás de la oreja, frotando nuestras manos una contra la otra o escondiéndolas en los bolsillos. Confiamos en que eso bastará, eso que hacemos con plena consciencia, pero nuestro cuerpo tiende inconscientemente a delatarnos, con todas esas microexpresiones faciales, con un lenguaje que va mucho más allá de las palabras. A veces, incluso en esos gestos no gobernados por la voluntad, es donde reside la verdad.

  • Sé que esto es delicado, pero tengo que preguntártelo -continuó la inspectora-. ¿Entre vosotros las cosas estaban bien?
  • Claro que sí. ¿A dónde quieres llegar, Kisha?
  • Ya sabes como es esto. Tengo que hacerte preguntas rutinarias para cubrir todas las opciones.
  • No es eso, no me mientas. Ya tienes una teoría pero te la estás callando.
  • No tengo ninguna teoría, es pronto para eso. Sólo intento conocer toda la información.
  • No me mientas, te lo pido por favor. No me mientas como hiciste con Pete cuando le ocultaste que creías que  detrás de los asesinatos de la primavera estaba el asesino del ocaso. Si hay alguna idea rondándote en la cabeza, quiero que seas sincera. Podré soportarlo.
  • Hilka, en serio. No tengo ni idea de qué… 
  • ¿Por qué has pedido que vengan los buzos? -la interrumpió la forense.
  • ¿Qué?
  • Ya me has oído, ¿o es que pensabas que no te había escuchado? – señaló con voz y expresión duras.
  • Hilka, tienes que dejarme hacer mi trabajo.
  • Contesta a la pregunta.
  • Tenemos que cubrir todas las posibilidades.
  • ¿Crees que se ha suicidado? ¿Es eso? -preguntó la forense con un ligero temblor en la voz, denotando cierta incredulidad y miedo.
  • No lo sé, no tengo ni idea de qué puede haber pasado, pero hay que manejar todas las opciones. Como ya te he dicho, probablemente hay una explicación sencilla. Mientras la encontramos, tengo que asegurarme  de que tocamos todas las líneas de investigación.

CONTINUARÁ…

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