ALGUNAS VERDADES Y UN FINAL INEVITABLE


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Te voy a contar un cuento, aunque intuyo que no te va gustar el final. Este cuento, historia o relato no empieza por un “érase una vez”, como suele ser habitual, ni finaliza con un absurdo “colorín colorado”. Al fin y al cabo, yo soy el protagonista y el narrador, así que yo y sólo yo elijo las palabras y decido cómo contarlo. Y no me gusta ceñirme a las fórmulas habituales ni a convención alguna, pues soy de todo menos convencional. Por lo tanto, me permitiré el lujo de hacerlo a mi manera.

Es una historia que no es pasado, ni tampoco presente ni futuro. Es la historia eterna y, además, es atemporal e intemporal. Es una historia que no tiene comienzo, ni final o, por el contrario tiene infinidad de finales y principios.  Podría incluso decirse que es una historia que no acaba nunca porque es interminable y, al mismo tiempo, se repite una vez tras otra con diferentes protagonistas y secundarios. Me estoy refiriendo a la historia en general, porque la tuya concreta tiene todos sus parámetros claramente definidos y, sobre todo, tiene un final muy concreto y cercano.

La vida cambia cuando menos te lo esperas. Puede sonar a tópico, pero eso no implica que sea menos cierto. La verdad, por muy repetida que sea, no deja de ser verdad. A veces duele, a veces es reparadora y, otras veces, simplemente es lo que es, sin valoración alguna al respecto, porque es aséptica y la tienes que asumir en su total desnudez. 

A mí me gusta estar al acecho. Forma parte de mi naturaleza. Y esa es una verdad irrefutable, aunque no haya ciencia capaz de contrastarla. Me gusta sentir el miedo que provoca mi presencia. Es tan real que, a menudo, pienso que si me esfuerzo podría incluso tocarlo. De hecho, es un miedo que se huele porque es químicamente consistente y lo conforman los efluvios hormonales. 

Quiero que hoy pienses en algo, que reflexiones porque, además, en la vida todo tiene un precio y parece que esa verdad se olvida con demasiada frecuencia, y yo no perdono los olvidos. Me alimento de ellos. Cada vez que alguien te dijo frases como “quien juega con fuego se acaba quemando”, que parece tanto una amenaza como un epitafio, yo estaba ahí, preparándome para actuar si era necesario. Y la verdad es sencilla: el fuego quema, no es una verdad relativa, sino una certeza absoluta, aunque a algunos poco les importara en su momento. Oían pero no escuchaban. Os pasa mucho. No sabéis escuchar. Y esa es otra verdad que no admite contradicción ni duda. 

Supongo que tenéis una tendencia innata a desafiar los límites, hasta que llega el momento en el que ya no hay marcha atrás ni mucho menos segundas, terceras o séptimas oportunidades. Entonces, es el momento de las lágrimas y el arrepentimiento,  de los lamentos, de las súplicas, lo cual no funciona conmigo. Lo siento, los dramas no me conmueven, porque yo no tengo capacidad para sentir compasión, así de sencillo. No me crearon para eso, lo que no significa que sea despiadado. Es más, a veces, soy el único alivio para un dolor insoportable. Si eso es insensibilidad, entonces es que no comprendo vuestro idioma.

En muchas ocasiones he oído frases de advertencia del tipo, “si coqueteas con las drogas, acabarás enganchado” y la indolente respuesta “por una vez, no pasa nada” que, no es difícil de imaginar, eran pronunciadas por personas distintas. Dos verdades a medias, o dos verdades completas, qué más da. En cualquier caso, dos verdades, cada una en su estilo. A ti te lo dijeron muchas veces, pero te creías por encima del cielo y el infierno, como si fueras invencible. Craso error. Las advertencias están pensadas para ser escuchadas y tomadas en consideración. Esa es otra verdad que no se aprecia en su merecida extensión.

Photo by Renato Danyi on Pexels.com

He visto a muchos enganchados a los que el fuego les abrasó, hasta el punto de morir por una sobredosis. Tú también los has visto. Algunos eran amigos tuyos. Fueron tus avisos personalizados. Te asustaste por unos instantes, pero ese miedo te duró poco. Y decidiste apartarlo enterrando tu nariz en esos mágicos polvos blancos. Allá tú. Cada uno es responsable de las decisiones que toma en su vida. Esa es otra verdad. Tú solito has ido clavando los clavos de tu propio ataúd.

Imagino que ya llevas unos días notando que estoy cerca. De algún modo, ya sabes que vengo a por ti. Yo no me oculto, aunque vosotros miréis para otro lado para no verme. No obstante, sé que lo sabes. Te has hecho el valiente últimamente, sospecho que para ahuyentarme, aunque sin éxito. De hecho, me hacen especial gracia los bravucones que se pavonean de su gusto por vivir al límite y tontear con el peligro. Curiosamente, todos y cada uno de ellos, tiemblan desesperados cuando me sienten absorbiendo su último aliento. 

Bien. El prefacio llega a su fin. Llega el insalvable momento del epílogo. Se acabó el tiempo de espera o añadido o extra. No hay prórroga. Te he rondado para que te percataras del frío que arrastro. Para alertarte, nada más. No quería pillarte desprevenido. Deberías agradecerme esa consideración. Pero esto ya no me divierte y tengo otros encargos. 

Por si aún no lo has adivinado, te diré quién soy. Te lo voy a poner fácil, ya que te has empeñado en freírte el cerebro con tanta droga. Soy una voz de ultratumba que te habla. Si lo estás leyendo, es porque estás cerca del final inevitable. Aquí me tienes, ante ti. Soy tu “game over” en la luminosa pantalla señalando que ya no puedes comprar vida extra. Me temes, como todos los demás, no te esfuerces en negarlo. Supongo que a estas altura ya conoces mi nombre, aunque tengo muchos. Soy el final del trayecto, la dársena en la que el autobús acaba su destino, la pista del último aterrizaje, soy el tránsito a otro estado. Soy la parca,  o en mi nombre más común, la muerte.

Éste es tu cuento y mi historia entrelazados por unos breves y efímeros instantes. Una vez que me haya alimentado de tu alma y haya dejado tu cuerpo exánime, ya no me interesarás. Sólo serás otra muesca en mi guadaña. Disfruta estos pocos segundos de gloria que te quedan. Luego no habrá nada más. 


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