EODLD – Capítulo 4 Regresa la incertidumbre Parte 1


Capítulo 4

Regresa la incertidumbre 

Actualidad. Día 1 – noche del jueves al viernes.

La vida a veces se empeña en jugar con nosotros. Eso era lo que pensaba en aquel preciso instante la inspectora de la Policía de Carmel-by-the-Sea mientras esperaba que llegasen sus compañeros. Aquel había sido tradicionalmente un pueblo tranquilo y apacible, no muy dado a sobresaltos. Desde que ella había dado con sus maltrechos huesos allí otra vez, parecía que el universo o una suerte de juego cósmico había decidido ponerlo todo patas arriba. 

Y tocarle un poco las narices, dicho sea de paso.

Bueno, técnicamente, podría decirse que esta vez no había sucedido en Carmel. 

Técnicamente, los asesinatos de la última primavera, tampoco. 

Tal vez los tecnicismos aquí eran una mierda como un piano de grande.

Kisha Jennings era una mujer pragmática y no demasiado dada a los misticismos ni a la filosofía, pero lo sucedido aquel día sin duda le había hecho reflexionar. Desde que entrara en el cuerpo de Policía de Los Ángeles y se centrase en su carrera, no había dedicado mucho tiempo a las relaciones sociales. Por aquella época, aún vivía con Erik, su novio de la adolescencia, un eterno Peter Pan sin intención de madurar. Él estaba tan empeñado en ser músico, que lo único que hacía era fundirse el sueldo que ella ganaba para comprarse una guitarra nueva o un amplificador que seguro le abriría las puertas del cielo. 

Según él, claro. 

La realidad era que su música no pasaba de mediocre, así que el sueño cada día se alejaba más. Parecía que Erik era el único que no lo sabía.

Kisha había echado horas extra hasta deslomarse, había trabajado muchísimo para conseguir lo que se proponía,  estudiando por las noches para sacar la carrera que le permitiría ascender dentro del cuerpo, sacrificando su vida social a cambio de ello, a excepción de las cervezas que se tomaba de vez en cuando con sus compañeros al acabar el turno. 

Y ahora, tantos años después, había vuelto a tener una mínima pero creciente vida social. Y había empezado a gustarle. Por un lado, a través de Derek, su pareja, un conocido fotógrafo de la zona que contaba con bastantes amistades, además de tener que acudir a diferentes eventos y actos derivados de su profesión. Por otro lado, estaban las amistades que ella misma había hecho desde que llegó a Carmel diez meses antes. Su antiguo compañero de patrulla, Pete, que era el actual comisario y Hilka, la forense. Con Julius, su nuevo compañero, se llevaba cada vez mejor y se sentía a gusto en su compañía. 

Además, no podía olvidarse de Bill, quien residía temporalmente en San Francisco gracias a un reciente traslado que había solicitado para estar más cerca de Darlene, su novia desde hacía poco más de cuatro meses. La conoció cuando ésta ejercía de enfermera encargada de atender a la inspectora después de lo sucedido en la pasada primavera. 

Bill era posiblemente su mejor amigo. Leal, bueno, fiable. Había acudido en su ayuda en cuanto se lo pidió.  

Sin rechistar. 

Sin rencores. 

Sin pedir explicaciones.

Habían trabajado juntos cuando ambos estaban en Los Ángeles y Kisha no le había ni siquiera llamado cuando se mudó tratando de dejar atrás su particular pesadilla. 

Aún así, había acudido a la primera.

Aquella misma mañana había estado con la forense  tomándose un café, algo que cada vez hacían más a menudo. Habían estado planeando una cena que compartirían con sus parejas al día siguiente, cuando volviese Derek de su viaje. Llevaban mucho tiempo intentando cuadrar agendas, porque era difícil aunar los horarios de trabajo de unos y otros. Y por fin lo habían conseguido. 

Lo habían dado por sentado.

Craso error.

Al destino le había apetecido tirar los dados aquella mañana y jugar con sus ilusiones. Solemos dar por hecho las cosas que planeamos, porque aunque sabemos que existen los imprevistos, nos parecen demasiado improbables. 

De hecho, ¿qué probabilidad hay de que desaparezca el marido de tu amiga el día antes de una cena de la que lleváis hablando semanas? Pues seguro que no demasiadas. 

Ahora parecía que no iba a producirse, salvo que todo quedase en un estúpido malentendido de esos en los que se juntan increíbles casualidades de las que acabas por reírte por lo absurdo de la situación. 

Sinceramente, no creía que eso fuera a suceder.

Tenía mala pinta. 

Lo que había visto apuntaba sólo a dos direcciones: suicidio o secuestro. 

No se le ocurría una alternativa más amable.


CONTINUARÁ…

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