EODLD – Capítulo 9 -Parte 1 Fantasmas


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En los últimos meses su odio no había hecho más que crecer. Era como un veneno que se extiende por tu cuerpo y paraliza tu sistema nervioso, de tal manera que toda tu energía consciente se destina a comprender que hay una toxina en tu cuerpo y tienes que liberarte de ella o, de lo contrario, no sobrevivirás. Era algo visceral. La rabia le hacía apretar los puños hasta que se le clavaban las uñas en las palmas dejando una marca visible y duradera. 

Odio.

Una emoción pura y desnuda.

Dicen que se ubica en una región muy concreta del cerebro y algunos se atreven a decir que la línea que separa el amor y el odio es muy fina, como si fueran dos caras de la misma moneda. Tratan de hacer una metáfora, cuando en realidad lo que sucede es que hay una explicación biológica plausible porque en ambas emociones se activan la ínsula y el putamen. Pero, ¿qué más les da a ellos? Si sintieran el tipo de odio que él sentía comprenderían que no había línea divisoria posible porque en su cerebro simplemente no había cabida para el amor.

Nunca había sentido una frustración como aquella. No encontraba forma de canalizarla, lo que hacÍa crecer la inquina dentro de él hasta unos niveles que incluso le provocaban terribles dolores de cabeza. No obstante, tal vez dichos dolores también estuvieran provocados por algo más. Al fin y al cabo, su estado de salud se había visto gravemente comprometido en los últimos tiempos. Eso limitaba su capacidad de acción y se había dado cuenta que esa baja habilidad le robaba la paciencia, precisamente una cualidad que había sabido aprovechar en algunos momentos. No siempre, eso era cierto. Cuando el hambre voraz le atacaba tenía que alimentar sus instintos más básicos y cobrarse una víctima al menos. Era como un vampiro sediento de sangre.

Había tenido que permanecer oculto los últimos meses, alejado de los focos para que nadie supiera que estaba ahí.  Pero se acercaba el momento de estar operativo. Ya no podía soportar mucho más esa quemazón interior que le llevaba al borde de la combustión interna. Aún cuando era cierto que todavía no se encontraba al cien por cien, era obvio que el hambre había comenzado a devorarlo a él y ya no podría resistirse mucho más. Además, había empezado a ver la luz. Poco a poco, estaba recobrando la salud y estaba mejorando más de lo que había esperado, a pesar de que era consciente de que algunas heridas no acabarían de cerrarse como es debido. 

No podía correr grandes riesgos, por mucho que eso fuera una de las cosas que le resultase más estimulante. El riesgo y el chute de adrenalina que te proporciona. Debía  educarse y mantener la abstinencia. Tocaba conformarse con aquellos pequeños pasos que le acercaran poco a poco a su objetivo. El perfil a adoptar sin duda tenía que ser de bajo riesgo. No podía poner en peligro lo que había planeado sólo porque aquella rabia le nublara el juicio.  

Recientemente, había comenzado a vigilar su entorno,  a  las personas importantes o que pudiera considerar en algún sentido valiosas para su vida. Pronto tendría fuerzas para empezar a seguir cada uno de sus movimientos de manera distante y discreta. 

Pero aún no. 

Era demasiado arriesgado. 

Aquel día, se acercó a Monterey. No había sido fácil hacerse con la dirección. De hecho, podría decirse que había sido una maravillosa casualidad. Sin duda, las cafeterías son un centro social en el que conseguir cualquier tipo de información resulta una tarea baladí, desde luego más sencilla que destapar un abrefácil. Y allí estaba gracias a las ganas de cotillear de los seres humanos sin vida propia. Es cierto que ya no era el de antes y alguna cicatriz le afeaba algo el rostro, pero después de lo simple que le había resultado aquello, tenía claro que aún conservaba parte de su atractivo. 

Frente a la entrada, parcialmente oculto por un hermoso arce de tronco grueso, pensaba que había sido demasiado sencillo. ¡Qué demonios! Debía agradecer su suerte y punto. 

La casa era majestuosa, con una tendencia a la ostentación que en cierto sentido le asqueaba, aunque no lo envidiaba en absoluto. Dese luego, las hermanas no parecían tener demasiado en común. A ésta sin duda le gustaba el dinero y, además, gritarlo a los cuatro vientos para que se enterase todo el mundo. Esa vanidad ya hacía que le cayese mal y que justificase cada una de las cosas que le pensaba hacer, aunque sin olvidar que era apenas un peón en su partida de ajedrez. Era evidente que el nivel adquisitivo de la familia era sin duda alto, aunque bien podría ser también una fachada. Ya lo descubriría cuando navegase en sus cuentas bancarias.

Ambos ocupaban posiciones destacadas en sus respectivos trabajos que le posibilitaban un tren de vida en el que los lujos fueran algo común. Sin embargo, también podía ser que esa forma de vivir hiciera que se acumulasen las deudas como las hojas del otoño tras una tarde ventosa en una vereda. 


CONTINUARÁ…

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